El agua que nunca toca el hombre

_MG_3161

Por Andrea Mendoza Galindo @andiedice

Es maravilloso que apenas a dos horas o menos de la ciudad el cielo se haga más azul y el aire se sienta más limpio. Hace unos días viajé a la planta y al manantial de agua Santa María para descubrir qué tan impecable puede ser un proceso.

Llegué lo suficientemente temprano como para darme cuenta que la etiqueta de la botella no miente. Desde las instalaciones, la icónica montaña hace sus avistamientos de los pueblos cercanos, es testigo de todo lo que debe pasar antes de que nuestras manos toquen el envase y nuestra garganta reciba el preciado líquido.

14018001_10209053732914046_307376754_n

Empecé, curiosamente, por el final. No visité el manantial que provee de agua a la fábrica hasta que el día estaba a unas horas de volverse negro. Lo primero fue escuchar las recomendaciones de seguridad y cumplir con todas las normas de higiene para poder ingresar a las instalaciones.

Caminé junto con el grupo con un traje tan blanco como limpio. Durante el recorrido supe que ninguna mano humana toca el agua de Santa María hasta que el consumidor la recibe. Sale del manantial e inmediatamente es pasada a la planta donde no conocerá de gérmenes ni suciedad. La Revolución Industrial es más que una realidad desde esta perspectiva, las máquinas que permiten el embotellamiento hacen su labor como fieles trabajadores que no fallan. Bastan unos 15 minutos para finalizar con la sucesión de procesos.

Salimos de la fábrica con un sol que ya coronaba nuestras expectativas, sabíamos que lo siguiente sería ver de primera mano de donde sale el producto, es decir, tal vez podríamos sentir la brisa del manantial. Antes de llegar al brote de agua atravesamos caminando la reserva natural de Santa María. De los árboles colgaban mechones de heno y de nuestros pies salpicaba fina tierra.

_MG_9016

Después del breve pero revitalizante paseo llegamos donde la verdadera magia sucede, ante nosotros estaba una pequeña laguna que conduce al brote de agua que alimenta las botellas que, a su vez, nos “alimentarán” a nosotros. Dicho brote, por razones de salubridad, se encuentra completamente protegido, pero no deja de ser maravilloso a la distancia.

Ya con el azul impreso en nuestra memoria nos dirigimos a comer uno de los moles más ricos que he probado. En la sobremesa, el grupo que me acompañaba compartió su experiencias en ese lugar que rebosa de vida. Después de eso y de algunas fotos, volvimos a la ciudad pero ahora con la conciencia de todo lo que sucede antes de abrir una botella de Santa María y tomarla.