Una soledad demasiado cervecera

Por Adán Medellín

“Yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos”. Así arranca la maravillosa novela Una soledad demasiado ruidosa, del escritor checo Bohumil Hrabal (1914-1997), que narra las andanzas y reflexiones de Hanta, un obrero triturador de papel y libros viejos que ama quijotescamente el material que destruye y declara haber bebido “tanta cerveza que con ella se podría llenar una piscina olímpica”.

Una de las fotos más icónicas de este novelista tan divertido como melancólico lo muestra en una taberna de Praga en los años 80, con una cara tiernamente feliz por los influjos del lúpulo. Es una postal acorde con la gran tradición cervecera checa, pero también atestigua la capacidad de Hrabal de escuchar, envolverse y trasladar los sonidos y las voces de la gente de a pie a sus propios trabajos literarios.

No era sencillo escribir bajo la censura de los regímenes comunistas de su tiempo, y sin embargo, con sus dosis de absurdo, humor e ingenuidad aparente, con la solitaria verborrea en sus narradores excitados por demasiada literatura o demasiada cerveza, Hrabal le daba voz no al pueblo dirigido y politizado que predicaban los canales estatales, sino a los parroquianos con Pilsner en mano, a los trabajadores metalúrgicos o los operarios de máquinas: esos seres comunes y entrañables con los que trabajó hasta los años 60, cuando decidió dedicarse por completo a la escritura.

Pese a las convulsiones políticas de un país violentado contra sí mismo que llevaron a la prohibición de algunos de sus libros durante el periodo comunista, Hrabal no perdió la noción de la vida como un milagro. Era simple en sus modales y se decía que era capaz de pasarte su propio tenedor y su plato para comer en su taberna favorita, “El tigre dorado”, donde incluso departió libaciones con Bill Clinton en los años 90.

Al pintoresco Bohumil no le interesaban las entrevistas y adoraba a su mujer, Eliska. A la hora de escribir, liberó en más de una cincuentena de libros delgados un cruce literario de ternura y dolor, de violencia y nostalgia, que lo convirtió en uno de los escritores más reconocidos dentro y fuera de su patria, al lado de autores como Milan Kundera y Vaclav Havel. Sus fábulas e historias volaron de las páginas al cine en versiones que llegaron al Oscar y a Cannes, como la adaptación cinematográfica en 1966 de su novela Trenes rigurosamente vigilados, la de Alondras en el alambre en 1969 y la ya mencionada Una soledad demasiado ruidosa en 1994.

Para Hrabal, su militancia comunista de apenas seis meses lo hacía sentirse responsable de “las barbaridades que cometió ese partido”. Escribiendo a contracorriente desde su casa de campo en el pueblo de Kresko, la obra de Bohumil logró mostrar lo humano desde el humor, la imaginación, la escatología, la brillantez de lo anodino y, claro, las fábricas y los trabajadores cerveceros, como aparecen en La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo.

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“[Hace treinta y cinco años] que bebo jarras enteras de cerveza, no para emborracharme, los borrachos me horrorizan, sino para poder reflexionar mejor, para penetrar hasta el corazón mismo de los textos, porque no leo para divertirme, ni para pasar el rato, ni para conciliar el sueño. Yo, que vivo en un país donde la gente sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, bebo para que el texto me despierte, para que la lectura me produzca escalofríos”.

Leamos con esa misma pasión consciente a Hrabal y recordémoslo en su taberna favorita con la respuesta que dio cuando lo inquirieron sobre ciertas cuestiones centroeuropeas: “Es mejor no estar nunca muy sobrio y aguardar pacientemente el final de la película”.