Forgive me, ron, for I have sinned

Cuba Libre

“Cantinero, por favor, sírveme una Cuba Libre y guárdate el sermón, que de nada me sirve”.  -Cuca.

Por Arturo J. Flores

Igual que el primer amor, el primer alcohol tampoco se olvida. Por eso me costó tanto reconciliarme con el ron. Mi primera borrachera se cocinó a mis 15 años, con la complicidad de mis primos mayores. Adorables alcahuetes, fueron ellos quienes me ofrecieron mi primer cigarro, los que me enseñaron que con dos Cubas en la sangre se disolvía la timidez que me pedía hablar con la chica que me gustaba y, aunque al final no se concretó, fue con una de las amigas de mi primo Alonso que estuve a punto de perder la horrible virginidad.

A ellos les gustaba tomar Bacardí con Coca-Cola. Hablo de principios de los 90, cuando “mixología” era una palabra que significaba lo mismo que unicornio, ni siquiera soñábamos con que algún día la cerveza cargara el epíteto de “artesanal”. El pulque y el mezcal eran espirituosos a los que los adolescentes les sacábamos la vuelta, aterrados. Nadie te vendía una botella de esas bebidas en 400 pesos.

Mi primera cruda también se la debo al emblema del murciélago. No recuerdo que fuera tan espantosa. A los 15 uno tiene el hígado a prueba de balas. Por eso volví a beber ron, de ésa y otras etiquetas, a lo largo de varios años. En mi  graduación de prepa, por ejemplo, cuando me las ingenié para que Luisa, mi amor platónico, me invitara a su casa al final de la fiesta. A mí a y Jonathan, uno de mis mejores amigos. Poco antes del amanecer me levanté al baño. Cuando salí, descubrí a la destinataria de un año de mis poesías besándose con pasión con mi compinche. Ni siquiera me dio coraje, él era más guapo. Me metí a la cocina para terminarme lo que quedaba de la botella de ron que nos habíamos traído del salón donde tuvo lugar la clausura académica. Fue lo único que pude llevarme a la boca hasta que amaneció. El ron fue mi compañero en la cruel soledad de la friendzone.

Nos fuimos todos, mis primos, algunos de sus amigos y yo, a una casa en Cuernavaca. Durante 12 horas aquella morada celebró el destrampe en todas sus modalidades. Botellas de ron al por mayor, cigarrillos, música a volúmenes ensordecedores y las hormonas bullendo en nuestros cuerpos. Recuerdo en algún momento haberme acurrucado en una hamaca junto a una chica. Me sentía igual que un ratoncito lleno de acné a merced de la seducción de aquella gata experimentada.

En segundos, nos vimos en la necesidad de encender las luces, apagar la música y tirar las Cubas en el jardín. El ron adquirió el mismo amargo sinsabor que la pureza de mi carne. La chica se levantó de la hamaca asustada. No fuera que la acusaran de la corrupción-salvación de un menor.

Debido a historias como éstas lentamente fui alejándome del ron y acercándome a la mixología, la cerveza artesanal,
el pulque y el mezcal.

Con la edad uno pierde ingenuidad y gana experiencia. Ya no se enamora tan fácilmente ni se entrega con el mismo arrojo. Tampoco nos emborrachamos como cuando teníamos 15. Hoy bebo en mucho menor cantidad y degustando cada trago con serenidad y paciencia, como le aconsejaba Kalimán a Solín. De ahí que aquellas anécdotas grises hoy me provoquen risa. Y que el ron y yo nos hemos saludado nuevamente.

Un día antes de escribir estas líneas, acudí a una cata del Reserve Blende de Appleton State. Lo bebí solo, a sorbos y en una copa que permitía percibir a detalle sus notas de vainilla, madera, tabaco, chocolate, naranja y chabacano. Lo hice cruzado de piernas con un sommelier enfrente. Pero para mí fue como tener 15 años cuando me acerqué la copa y le susurré: -¿Qué pasó, viejo, cómo has estado? Hace mucho perdí la virginidad. Ya te perdoné.