El patio del Camarillo

Por Arturo J. Flores @arturoeleditor
Llega un momento en la vida en el que el médico te recomienda beber menos cerveza. Mejor échate un tequila o un mezcal, pero no más chela. Porque el colesterol y la gastritis, los triglicéridos y el qué dirán. ¿Cómo abandonar a la única bebida que nos acompañó desde la cuna etílica? Porque junto a sus primeros pasos, su primer beso y la primera vez que su padre le soltó el auto, en la memoria masculina permanece el imborrable recuerdo de nuestra primera cerveza.
A diferencia del primer helado, que por empalagoso se puede olvidar, no existe manera de desprenderse del primer sorbo de amargura.
Le decían Camarillo. Supongo que era su apellido. En tiempos rebosantes de ingenuidad, ajenos al salvajismo que hoy nos rebasa, romper moderadamente la ley mantenía un toque de encanto. Por eso aquel hombre de panza de sapo, bigote hitleriano e infaltable sombrero de marino abrió un bar clandestino en el patio de su casa. A sólo unos metros de nuestra prepa.
Ahí nos pasábamos las horas muertas y las que no, las matábamos a fuerza de tragos. Siempre cerveza. De la Sol, principalmente. Esa que hoy me produce arcadas. Faltaban aún dos décadas para que escucháramos hablar de las benditas artesanales. Si entonces alguien me hubiera dicho que experimentaba con el lúpulo en su garage, primero habría investigado qué diablos era eso y luego me hubiera rehusado a probar, temeroso de perder la vista.
-¡Camarillo, otra de medio!
-Son 2,50.
Nuestro angelical alcahuete embriagaba fresitas menores de edad. Tampoco vamos a tapar el sol (el astro, no la cerveza) con un dedo. Tenía el corral de su casa sembrado de mesas metálicas, atestadas de adolescentes que cambiaban las matemáticas por la cebada.
Yo era uno de ellos. Cuántas mañanas no me pasé gastándome mis domingos en el antro clandestino. Suspirando por Mariana, la que no me hacía caso. Riendo con Alberto, recibiendo de su mano mis primeros casetes. Cantando junto a él, César, Héctor y Johnny canciones de los Caifanes, los Lagartos, Café Tacvba, Santa Sabina, Korn, Red Hot Chili Peppers. Dibujando en nuestras libretas vacías de ecuaciones, caricaturas del prefecto, porque –mi gratitud a los dioses vikingos– nos tocó llegar muy temprano a la invención del iPhone 7 Plus.
En aquel patiecito vivían dos perros piojosos y había que orinar en una derruida taza de cerámica. Lo único que servían para amortiguar el golpe de alcohol eran frituras con salsa Valentina. La música apenas se entendía cuando brotaba de una vieja grabadora a la que de milagro no se le reventaron las bocinas.
Y sin embargo, fueron los años dorados de aquellos niños bien que abusábamos del privilegio de “asistir” a un colegio de puerta abierta. Curioso que fuéramos prosélitos Lasallistas pero nos gustara fumar Delicados sin filtro.
En el patio del Camarillo varios vomitaron. No fueron pocas las parejitas que fajaron detrás de un tanque de gas. Seguro se consumió algún churrito, cantaron innumerables tiros y se trazaron planes para cambiar el mundo. También se sellaron amistades adolescentes que continúan hasta el presente. Aquel universo representaba esa granja de hormigas que nos preparaba para la vida.
Estoy seguro que varios los recuerdan como los años más entrañables de formación como seres humanos. Determinantes para decidir entre lo bueno y lo malo. Porque, como dice Alejandro Lora en una canción, “sólo el que se ha quemado, sabe lo que es fuego; sólo el que se ha embriago, sabe lo que es el alcohol”.
El mismo año que ingresé a la Universidad me enteré que la policía clausuró el patio del Camarillo.