CAFÉ CORTÁZAR

Por Adán Medellín @adan_medellin

ÁNIMO REVOLUCIONARIO, RON Y CAFÉ SON LOS INGREDIENTES PARA BEBER COMO JOHNNY CARTER, UNO DE LOS PERSONAJES MÁS ENTRAÑABLES DEL GENIAL JULIO CORTÁZAR.

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Como si fuera un manifiesto acorde con sus pasiones políticas, se cuenta que el trago favorito del escritor argentino Julio Cortázar era la cuba libre. No extraña que ese gusto alcanzara a Johnny Carter, el protagonista de uno de sus cuentos más brillantes, “El perseguidor”, quien veía aparecer el frasco de ron como una luz en su habitación desvencijada y, tras unos tragos, empezaba a compartir sus excepcionales disquisiciones sobre el tiempo y la música.

Revolucionario a raíz de sus viajes a Cuba desde 1963 como jurado del Premio Casa de las Américas e influido por su amistad con el novelista José Lezama Lima, Cortázar abrazó los ideales de la lucha social por sus simpatías con el Che, como escribió en una carta fechada en 1967. El ambiente fuertemente politizado de la época, debido a los movimientos estudiantiles y las revoluciones latinoamericanas, lo alcanzaría con toda su magnitud a partir de la Primavera de Praga y las manifestaciones parisinas en 1968.

Desde entonces, Cortázar se comprometió con el ideal de la revolución con el mismo ahínco con que había abrazado su pasión literaria. Aunque desencantado del proceder cubano en la tristemente célebre causa contra el poeta Heberto Padilla, Cortázar escribió panfletos y cómics aplicando su heroico talento contra las fuerzas transnacionales, y se manifestaría a favor de movimientos liberales en países como Chile o Nicaragua.

Si bien gran parte de la crítica considera que la mejor obra de Cortázar se escribió antes de su periodo comprometido, con libros de relatos magistrales como Bestiario, Final del juego o Las armas secretas, la impronta cubana dejó huella no sólo en el carácter ideológico o estético del querido Julio, sino en sus gustos más personales. Así, toda una generación que creció enamorándose a la manera de sus libros en los años 60, también se aficionó al ron y creó la tradición de dejar flores, cartas, hojas secas, cerezas y recuerdos en su tumba en el Cementerio de Montparnasse.

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Del otro lado del mundo, en Argentina, el barrio bonaerense de Palermo, famoso por sus librerías, tiendas de diseño y pubs en el norte de la ciudad, también honró su memoria poniéndole su nombre a una plaza. Yo tuve la dicha de estar ahí una tarde de primavera como parte de una peregrinación personal siguiendo a Cortázar y lo cierto es que no pude sentir demasiado el espíritu de Julio, como juran amigos que se han emborrachado con vino barato en Montparnasse o han leído capítulos de Rayuela ante su lápida. Pero sí entré a beberme un fernet con cola en los bares aledaños y pude imaginar perfectamente a sus personajes discutiendo la imposibilidad del amor, el valor de los sueños, los misteriosos caminos que trazamos sin saberlo pero nos conducen por una extraña gracia a una persona especial en nuestra vida.

Por esa misma magia cortazariana que nos enseñó a subir las escaleras de otro modo o a dejar que los recuerdos pongan de patas arriba nuestras recámaras, no me sorprende saber que recientemente inauguraron en Palermo un café bar dedicado a este gran escritor latinoamericano. Cortázar -nombre del lugar- ofrece aperitivos, botanas, cervezas y pan casero, así como las infaltables milanesas. Un rostro con los ojos de gato de Cortázar vigila a los parroquianos, que pueden gozar de frases memorables de Julio en numerosas placas y mesas al aire libre para los bochornosos días del verano porteño.

Si de verdad uno quiere estar en sintonía, debe pedir allí alguna de las bebidas especiales de la casa: El “café Cortázar”, que incluye crema y canela; o “Los premios”, título que hace eco de su primera novela publicada, una taza que incluye una barra de chocolate, crema y canela. En ambas late travieso el ingrediente principal: una buena porción de ron.

Ambos tragos son fieles a la combinación cafetera que Julio nos enseñó en las primeras líneas de “El perseguidor” y están pensados para que reaccionemos como lo hizo el músico-filósofo de ese cuento inolvidable: “Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento.” Si el ron para Cortázar es luminoso, es hora de salir muy pronto de esta noche oscura.