¿QUÉ NOS HACE VIAJEROS?

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Por Velma Mayén

¿Es un gen? ¿La ansiedad por descubrir otras tierras, otra gente, otras ciudades, nuevos olores? ¿Qué nos hace viajeros?

No lo sé, pero cuando volví del aeropuerto, por primera vez me sentí una extraña en mi propia tierra. Regresé a un espacio lleno de ecos y añoré los caminos que siempre me conducían a la libertad. Hasta hoy, no conozco otra manera de vivir mi vida más que con experiencias en tierras lejanas. Y es que cuando uno viaja siempre se penetra a ciegas a un territorio extraño donde no se sabe qué vamos a encontrar y así, la vida se va llenando de vivencias en un tiempo y espacio distintos al de las personas que en esa tierra habitan.

Volví de Borgoña añorando los colores del atardecer que se posaban sobre los viñedos repletos de uvas anaranjadas y amarillas (que en esta época del año tomaban ese color por las caricias del sol, el viento y, de vez en cuando, la suave lluvia que cae en esta región).

Borgoña es conocida por su pasado histórico envidiable, su personalidad auténtica, su cocina ancestral llena de sabores únicos y su aire inquietante y romántico, pero sobre todo por sus paisajes repletos de vides y olivos, por sus bodegas y cavas hasta donde llegan viajeros atraídos por las historias de sus vinos: por eso la ruta de los vinos es el hilo conductor para vivir la región.

Mi objetivo era llegar hasta las bodegas donde se elaboran los caldos Grand Cru, y, sin embargo, no pude negarme a la propuesta de ir a Épernay, la llamada Capital de la Champaña, una ciudad vibrante y dinámica situada entre el Marne y Coteaux, donde laten sus 30 mil hectáreas de producción.

Caminé entre los interminables caminos colmados de vides hasta llegar a la Avenue du Champagne, adornada por opulentes edificios renacentistas del siglo XIX, y donde están las más elegantes casas de Champaña en más de 100 kilómetros de túneles cavados en roca caliza donde reposan millones de botellas de champagne.

Me adentré en la antigua mansión de Auban-Moët, construida en 1858, con su salón de los matrimonios y la Cámara del Consejo, que siempre está re- pleta de viajeros, y en el Castillo Perrier, la mansión de Charles Perrier construida en piedra, al estilo Luis XIII. Pero la que me hechizó fue la Abadía de Fontenay, patrimonio de la humanidad. Se trata de un antiguo monasterio donde sólo se producía vino, hasta que el descubrimiento casi mágico del monje ciego, Dom Perignon, hizo de éste, el sitio más famoso de Borgoña.

Me perdí entre sus interminables galerías de cavas añosas, donde Napoleón Bonaparte guardaba su exclusiva reserva de botellas y que abría con su sable (técnica del sabrage) después de cada victoria.

La noche caía ya sobre los campos, así que brindamos con el corazón y me despedí con la promesa de regresar a la tierra del Champagne y el Pinot Noir…

Al final de cada viaje siempre recuerdo que mi vida está hecha de caminos, de cielos, mares, montañas, y colores de atardeceres lejanos, pero también de bienvenidas y adioses que nunca son para siempre.