Un Daiquiri con Ernesto

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Por Adán Medellín

Hemingway es uno de los apellidos literarios de la modernidad, pero las leyendas de su escritura rivalizan con las que lo caracterizan entre los grandes bebedores del siglo xx.

“Todo lo que necesitas es escribir una oración verdadera”, nos repitieron en un taller literario hace muchos años. Los asistentes discutíamos entonces un cuento donde no pasaba nada en apariencia, pero que escondía una historia turbulenta en una conversación anodina. El hombre que había dicho esas palabras tenía la autoridad del tipo más duro y curtido de la cuadra: había sido periodista, conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, cazador en África y además se había ganado el Nobel de Literatura en 1954.

Ernest Hemingway es una presencia imborrable en la literatura del siglo xx. Hay quien afirma que durante su tiempo marcó uno de los dos caminos que existían para escribir si pretendías ser un autor de ficción en Estados Unidos: podías usar la sintaxis compleja, barroca y poética de Faulkner; o escribir a lo Hemingway, entrecortado y desnudo, reduciendo y compactando el estilo hasta despojarlo de todo adorno innecesario. Una vez leí que mientras Hemingway más engordaba físicamente, más adelgazaba en su prosa y sus narraciones. El hombre creía que uno podía omitir cualquier cosa si sabía seleccionar bien su material, porque eso reforzaba la historia y hacía sentir al lector algo sutil, más allá de lo que había leído o comprendido.

Además de encarnar una suerte de modelo didáctico para aspirantes literarios y tener fama como uno de los escritores más anclados a la vida, el famoso Papa, como solían decirle los amigos, es uno de los bebedores más notables de su siglo. Con el salvaje Ernesto abundan las historias etílicas. Durante su convalecencia de las heridas sufridas en la Gran Guerra, Hemingway metía de contrabando botellas de Vermouth Cinzano, tal y como su protagonista en la novela Adiós a las armas. Se cuenta que su imponente casa en Key West, donde vivió durante la década de los 30, tenía una ubicación privilegiada frente a la calle del faro que le permitía encontrar el camino de vuelta a sus habitaciones después de sus largas veladas en el bar Sloppy Joe.

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No obstante, la máxima referencia alcohólica en la cultura popular liga al travieso Papa con Cuba, los Daiquiris y los Mojitos. Ahí queda la leyenda de los 17 Daiquiris dobles que se bebió en La Floridita, y que también le achaca la posible creación del Bloody Mary una tarde en que recordaba el malhumor de una de sus esposas. Tantas alusiones espirituosas rodean al escritor estadounidense, que los investigadores más expertos en los hábitos refrescantes de Hemingway, como el escritor Philip Greene, se ven en la necesidad de hacer algunas precisiones: como diabético, Ernest seguramente tomaba sus dobles Daiquiris, la absenta y la mayoría de sus tragos favoritos sin azúcar. En el libro To Have and Have Another, Greene también ha discutido si el Mojito era el coctel favorito de Hemingway o si su lugar debería cederse al Martini seco, que lo llevó a inventar métodos de enfriamiento como el uso de latas de pelotas de tenis para sus cubos de hielo.

Lo cierto es que los Daiquiris y los Mojitos de Papa llegaron para quedarse en el universo simbólico de Cuba y El Caribe. Beber un Daiquiri con Hemingway era beber con la historia, con uno de los pesos pesados de la que quizá fue la generación de escritores más influyente e impresionante de la primera mitad del siglo xx. Los aires cubanos engendraron la atmósfera para esa pequeña joya que es El viejo y el mar. En ese mismo impulso, los cocteles con ron se impregnarían de revolución y política con la llegada de la Cuba Libre y el régimen de Fidel Castro, un periodo que apenas sería vivido por Hemingway, pero que no le resta profundidad a su relación con esa isla que representó el máximo territorio de rebeldía anticapitalista en nuestro continente.