LA ODISEA IRREVERENTE Y SENSUAL

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Viajar está en mi ADN. Es algo que simplemente no puedo dejar de hacer. Así llegué a Bahamas, impulsada por el deseo de buscar nuevos paraísos para conquistar.

Nunca he sabido exactamente en qué consiste el candor o la calidez de un lugar, supongo que es una mezcla de factores, quizá los paisajes que se posan frente a uno, quizá la naturaleza de su gente. Nassau, capital de Bahamas, es un pueblo seductor, con villas y casas de estilo inglés, colores brillantes que miran a un mar turquesa, irreverente y de una belleza insolente. Lo que más me atrapó de este lugar fue su atmósfera cachonda y sensual. La brisa húmeda y tibia que penetraba por cada poro de mi piel y la fragancia de mar impregnada en el aire. Era una sensación tan placentera que de inmediato me hizo mirar a los hombres con piel de ébano que se paseaban por la calle. Y no es que hubiera llegado en busca de esas sensaciones, simplemente ahí estaba sin poder apartar la vista de esas pieles morenas humedecidas por el sol.

Por un momento me descubrí pensando en la película de Uldrich Seidl, “Paraíso Amor”, en la que mujeres mayores de 50 años llegan a las playas de Etiopía en busca de encuentros sexuales con hombres negros, sólo que a diferencia de ellas yo no vine buscando sexo.

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Para alejarme de esas tentaciones me dispuse a disfrutar de aquél paraíso impregnado de historias de piratas y lugares para descubrir. Antes de ir al hotel decidí caminar un poco para descubrir la cotidianidad del pueblo, el ir y venir de sus hombres y mujeres por el por las calles cercanas al puerto, la llegada de los cruceros que cada vez dejaban una horda de visitantes que quizá miraban el mismo Nassau que yo. Me pierdo en Bay Street para mirar a los viajeros hambrientos de compras.

Me dirijo al hotel para descansar un poco y sumergirme en sus placeres. Son casi las siete de la noche, el cielo comienza a pintarse de rojo y deseo salir de la alberca para ir a ver la puesta de sol. Estaba a punto de hacerlo cuando de pronto, una voz interrumpió mi idilio: “Qué lindo tatuaje”, dijo, es el salvavidas que me observa desde el otro lado de piscina con sus ojos de gato. “Qué guapo eres”, pensé en contestarle, pero lejos de eso, de mi boca sólo salió un tímido y tonto: gracias. Era un chico como de 25 años, ojos verdes y labios sensuales; ni hablar de su cuerpo, lo primero que miré fueron sus piernas musculosas, tenía los brazos y hombros marcados apenas por unos músculos suaves y su piel mulata brillaba como si se hubiera untado aceite. Obviamente me hice la interesante, lo que menos quería era verme

desesperada o nerviosa y traté de disimular, aunque algo en mi deseaba besarlo en ese instante. Conversamos un poco -yo adentro de la alberca- y él sentado en su silla de vigía, desde ahí, él controlaba el panorama, sentía su mirada recorriéndome la espalda y deteniéndose en mi trasero. Y de pronto, sin titubeos dijo: ¿En qué habitación estás?, sin dudarlo le contesté: Piso 17, habitación 19. ¿Nos vemos en la noche?, Te invito a tomar algo”. Yo no sabía que contestar, en ese momento pasaron por mi mente los malditos programas de Investigation Discovery en los que siempre salen casos de mujeres asesinadas o violadas después de haberse ido con un desconocido. “Qué mas da, estoy en Bahamas y no van a asesinarme en un hotel”, así que de inmediato dije sí. Creo que todos llevamos un animal adentro y yo quería dejarme atrapar por él, dejarme traicionar por mis instintos…

Quedamos de vernos en el bar del hotel, él llegó puntual, con una camisa blanca que marcaba la silueta de su cuerpo. Hay personas que nos trastornan, que se nos clavan en la cabeza o en otras partes del cuerpo, como Chris, que me inquietaba y trastornaba con sólo mirarlo. Me gustaba observarlo, rozando sus labios y mirando mi cuerpo. Me sentía como el objeto de su deseo y me gustaba, después de un par de tragos lo tomé de la mano y nos fuimos a mi habitación. Incendiamos el elevador con besos y caricias al rojo vivo. Al salir, una mujer que parecía custodia de una cárcel norteamericana nos observaba con envidia, apenas tuve tiempo de bajarme el vestido negro que Chris me había subido hasta la espalda.

Esa noche me traicionó mi animal y sucumbí a sus encantos… Ahora puedo asegurar que todas las historias que había escuchado sobre Bahamas eran ciertas.