ACAPULCO Y TARAPACÁ, LA UNIÓN PERFECTA

Texto y fotos: Román Gómez @playaduraIMG_4627

“TODOS LOS VIAJES TIENEN DESTINOS SECRETOS SOBRE LOS QUE EL VIAJERO NADA SABE”

MARTIN BUBER

Despertar, abrir los ojos, sentirse abrazado por una infinita tranquilidad y esa humedad tan característica del mar. Tardo un poco en reaccionar pero al fin decido poner un pie fuera de la cama y me dirijo hacia la puerta. Café en mano camino unos cuantos metros y desde la terraza puedo descubrir la soledad y enormidad del mar. La sinfonía del oleaje endulza cada sorbo de café y me permito perder la mirada en los reflejos matutinos del mar. Un acorde directo de los audífonos hacia mis oídos me saca del trance, llevo una vez mas la taza de café a mi boca, doy media vuelta y empiezo a caminar esos pocos metros que te llevan al otro extremo del hotel. Ahí, el paisaje es completamente diferente: una extensa laguna, vegetación por doquier y cientos de aves flanqueando los canales. Ironías de la naturaleza: la fuerza del mar y a escasos metros la tranquilidad de una laguna.

A los pocos minutos llegan mis compañeros de viaje para invitarme a desayunar con ellos en el pequeño comedor del hotel. Aunque mi vista se encuentra mas que satisfecha, mi estomago reclama un poco de atención por lo que decido aceptar su propuesta. Llegamos a la pequeña sección destinada para saciar a todos aquellos hambrientos como yo. Es un lugar pequeño, atendido por dos señoras de la localidad que amablemente te recitan el menú tal y como si estuvieran repitiendo alguna oración divina. El menú, conformado por platillos típicos mexicanos, es elaborado con ese sazón que tiene la comida cuando se hace con maestría y pasión. Ninguna escuela de gastronomía podría replicar el sabor y pericia que tienen nuestras dos anfitrionas gastronómicas y que aportan a cada platillo sin darse cuenta. Para ellas es lo mas común del mundo, para nosotros es redescubrir sensaciones mediante el paladar.IMG_4820

La mañana avanza y mis ojos se encuentran ansiosos por subirme a esa pequeña embarcación anclada en el muelle del hotel y descubrir los paisajes tan únicos que ofrece ese lugar. El guía nos lleva a una velocidad casi imperceptible mientras cruzamos lentamente cada uno de los rincones de esa laguna. Gente en las orillas, pescando, nadando en la tranquilidad del agua, viendo pasar la vida. Yo, por el contrario, estoy mas interesado en tomar una buena foto que pueda describir la enormidad que perciben mis sentidos, sin embargo, termino uniéndome a ellos y decido bajar la cámara para dejar que mi vista divague entre las imágenes que nos presenta ese rincón de Guerrero.

Llegamos hasta un tramo del río donde nos esperaba Alejandra, la sommelier de vinos Tarapacá que nos tenía preparada una sorpresa: Una cata a mitad del río. En ese preciso lugar, el cauce es tan suave que les permitió montar una mesa y un par de bancas justo en medio para llevar a cabo la exquisita selección de vinos que Alejandra llevaba preparada. Si no fuera suficiente con el escenario, nuestra sommelier se encargo, mediante telas y distintas esencias, de llevarnos por las distintas personalidades de los vinos que poseé Tarapacá. Fue el complemento perfecto, el escenario estimulaba a cada uno de nuestros sentidos y toda esta experiencia era coronada al sentir los sabores que tan cuidadosamente dispone Tarapacá en cada una de sus botellas.

El tiempo parecía detenerse. Sin embargo, las manecillas del reloj indicaban que era tiempo de salir de esa realidad de sensaciones. Faltaba una sorpresa y era hora de partir hacia Playa Azul para descubrir que mas podía ofrecernos la región de Coyuca de Benítez.

La barca nos llevó hasta el mismo lugar donde una noche antes habíamos llegado, pero que con el cansancio del viaje no pudimos apreciar con la calma que esos lugares se merecen. Algunas mesas sobre la arena, sillas, un mantel de plástico y de fondo el rugido del mar. Mientras la tarde caía y el sol pintaba de naranja el cielo al ocultarse en el horizonte, fuimos agasajados una vez mas con platillos típicos de la zona: pescado a la plancha, arroz, camarones a la diabla y tortillas recién hechas. Esos sabores tan únicos fueron los encargados de coronar el día.

El sol termina de ocultarse y aunque una parte de mi deseaba que ese día fuera eterno, por otro lado pensaba que era una alegría que el día llegase a su fin. Tanto agasajo a los sentidos podrían hacer que no quisiera regresar nunca a mi realidad citadina y, después de todo, yo era un simple turista en esa recóndita parte de Guerrero.

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