COZUMEL | EL PARAÍSO DONDE ENCONTRÉ A JACQUES COUSTEAU

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Por Viko Lukániko

Los últimos minutos son insufribles. Se dilata el tiempo con el avión aterrizado. No estoy seguro si tengo una confusión temporal, si mi reloj biológico se sincronizó al metro, a la chinga del andar. Se me derretían las ganas de salir del avión y respirar el aire húmedo de Quintana Roo. Había logrado el largo cometido de financiar un viaje fugaz a Cozumel con el pretexto de entrevistar a Jean-Michel Cousteau en el Cozumel Scuba Fest. La verdad sea dicha, solo quería escapar.

Justo los días previos al vuelo fueron peores que tres cierres editoriales en fila. La oficina de viajes me contrató con el cometido de realzar el contenido de la empresa. Habían elegido un periodista en sus filas, y como tal, me comporté a los ideales e intereses de la empresa. Pobre iluso. Pronto me di cuenta que mi idea era confusa a sus mentes, mis alianzas con ciudades o empresas, algo prescindible. Por ello mi alianza con Cozumel, de ser un seguro, en minutos, como la tempestad, se volvió un suplicio.

Me cancelaron el permiso. Se arrepintieron y de nuevo tuve el permiso. Para ese momento el vuelo estaba por los cielos. Cancelé el viaje. Acto seguido me reanimaron terceros a seguir mi proyecto. Me devolví la esperanza. Apliqué un crowdfunding en mi cuenta de Facebook, ofreciendo a cambio de dinero, una de mis fotografías. Cayó uno. Dos. Tres. Quinientos se convirtieron en mil, dos mil, tres mil. Llamé para decir que descancelaran mi cancelación. Compré el boleto. Respiré.

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UN TESTARUDO EN RIVIERA MAYA

Al salir del avión, decidí caminar fuera del aeropuerto y buscarme la vía más económica para llegar hasta la isla de Cozumel. La pelea verbal con un taxista me hizo entender rápidamente de un mini-monopolio en servicios de transporte aeroportuarios, que obviamente, colmó mi paciencia.

Así que testarudo, decidí caminar hasta encontrar la vía. Ten piedad de mí. Caminé. Fumé tres cigarrillos. Miré la selva. Respiré la humedad. Decidí levantar el dedo pulgar de mi mano izquierda en busca de un aventón. Nadie confiaba en el hombre del sombrero, y el sol comenzaba a mermar su luz. Claro que me preocupé, pero eso no fue suficiente para detenerme. Continúe hasta que de pronto, un viejo Jetta se detuvo frente a mi paso. Adentro, dos italianos me daban la bienvenida a la Riviera Maya; gracias a ellos llegué sin problema hasta el puerto donde zarpa el ferry a Cozumel. Costo: ninguno.

Ya con la noche acostada sobre mí, recibí mi boleto para el ferry y compré un seis de cerveza como dama de compañía. No fue hasta que el ferry giró las ahogadas hélices del barco, una vez que el mar se volvió la misma sábana nocturna, que comprendí lo lejos que había llegado, la diferencia entre luchar y rendirse. Playa del Carmen se volvió la isla, y frente a mí, Cozumel mi destino.

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EL REGRESO DE LA VIEJA MANTARRAYA NORTEÑA

Lo confieso, había olvidado mi última inmersión. Fue hace tanto tiempo, que se convirtió en una tipo de fábula mental. Pero hice mi parte por mi regreso. Tramité mi renovación como buzo OpenWater de PADI, el nivel más básico. Pero estaba certificado; conozco la presión del agua sobre el cuerpo, el sentimiento de falta de gravedad, el universo tan diferente que vive, respira bajo el mar.

Antes, debía dejar mis maletas en el hotel. Desde mi llegada a Cozumel, William, un cozumeleño de cepa, me esperaba para transportarme. Mi suerte suele ser un místico acontecimiento. Y es que describir el hotel donde fui hospedado, me obliga recordar que yo había cancelado mi viaje. Al des-cancelar mi viaje con la oficina de turismo de Cozumel, les generé un bomberazo, que resolvieron ofreciéndome un cuarto mucho mejor al original; una suntuosa habitación en uno de los hoteles de lujo de Cozumel. Una vez dentro de mi habitación me sentí como diplomático invitado al palacio de Poseidón. Me acosté en ese suave oleaje de colchón y descansé; mi salida era a las 7 AM de la mañana siguiente.

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NEMO, IM HOME!

Fui el primer pez en levantarme. En bañarme. En estar listo historia de mi vida para la aventura. William resultó de nuevo mi chofer, cosa que me dio entero gusto. Manejó por la pequeña carretera que rodea la isla, escapando lentamente al alba que ya cubría el cielo. Todo me pareció tan tranquilo. Todo mi pasado, apenas una pesadilla jamás vivida.

Manejó hasta otro hotel donde una mujer de dorada cabellera subió al automóvil. Intuí su descendencia anglosajona por su lechosa piel y las finas facciones de su cara. Traté de entablar una primera conversación, inmediatamente cortada en seco. Sólo supe que

era inglesa por su acento, y realmente no me importaba más.

Al esperar el barco, ella tomó asiento en mi mesa. Platicamos un poco y compartimos, como malos buzos, un cigarro antes del viaje. En algún punto de la plática, me pidió que revisara su discurso. Claro que inmediatamente comprendí que no estaba frente a cualquier inglesa; ella estaba destinada al discurso en público y por ende, era una invitada especial del Cozumel Scuba Fest.

Al leer su pantalla, mi mandíbula fue abriéndose como la del tiburón blanco frente a la jaula del hombre. Su padre, Peter Scoones QEPD, fue nada más y nada menos que un renombrado buzo en las épocas de Jacques Cousteau. Y si el francés fue el mediático rockstar submarino, Scoones fue el veterano militar inglés que, enamorado del mar, buscó en las profundidades de su creatividad el ingenio para construir la primera protección para cámaras submarinas. Y hasta su muerte, fue un temerario que buceó por los mares del mundo, generando impresionantes documentales marinos para la BBC. Ella era Fiona Scoones, y recibiría un homenaje póstumo por la labor de su padre. A partir de ese momento, nos volvimos anémona y pez payaso durante todo el festival.

Al fin llegó nuestra lancha, y adentro una tripulación de 6 buzos, un Dive Master y el capitán de la embarcación, nos llevaron hasta el punto de nuestro descenso. Vestimos los trajes de neopreno. Montaron el tanque al chaleco. Escupimos al visor y limpiamos rigurosamente. Cerrado el cinto de plomada. Respira por el regulador. Revisa tu equipo. Respira por el regulador. Recibes la señal. Tu turno. Déjate caer. Respira. Respira. Respira. Estás bajo el agua. Hola, Nemo, ya regresé.

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MI ENCUENTRO CON JACQUES COUSTEAU

Antes de irme, antes de que todo el sueño terminara, tomé un taxi y decidí platicar con el chofer; mis espías de siempre. Mientras avanzaba el auto entre la selva, platicamos de viejos huracanes que golpearon la isla; de la tranquilidad y el buceo; del pez león y su voracidad invasora; del plan para erradicarlo a través de la cocina. La técnica honró el famoso dicho: si no puedes con él, cómetelo.

A nada de retirarme, me sorprendió una pared plasmada con dos arponeros en una posición de éxtasis.

Nos internamos al pueblo, fuera de la calle principal, de los hoteles caros, de las oficinas de turismo y restaurantes que regalan shots a diestra. Pronto la gala se convirtió en pueblo, en normalidad, en agradable jovialidad que solo se respira en la cotidianidad de las casas,

changarros y mercados. Como submarino de exploración, fui encontrando murales que rememoraban ataques de enormes monstruos marinos, galantes peces tutti frutti y tiburones maestros. Fue cuando viramos frente al supermercado hasta una bodega abandonada, que me vi sorprendido por el encuentro fortuito: era el mismísimo Jacques Cousteau. Lo miré detenidamente, sus arrugas y las arrugas del mar. Lo miré y tomé una fotografía. Me despedí, y me alejé cual resaca de la isla de Cozumel.

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PASEO POR LOS JARDINES DE POSEIDÓN

Bajo el agua, uno siente que flota. Uno se nivela a cierta profundidad y de manera horizontal, nada, vuela. Llega un momento en que la superficie se vuelve tan azul como las mismas profundidades del océano, que es ahí, en ese preciso momento, cuando te das cuenta qué tan ajeno es el mundo submarino para el hombre. Parece algo tan sencillo de entender, pero siempre digo: hay que vivirlo.

Abajo todo es tan pacífico. El sonido de tu respiración es la única música de ambiente. En Cozumel, bucear es como pasear por un bello jardín en primavera. Los peces revolotean en- tre los corales multicolores, en un suave vaivén generado por la corriente. Después de 10 años sin bucear, no puedo presumir mi experiencia. Parecía un niño en juguetería. Revoloteaba expidiendo millares de burbujas. ¿Qué pensarán de mis los peces? ¿Las morenas boquiabiertas? Dirán, qué rara la técnica de nado de ese plebe. Yo les responderé: no me importa el qué dirán. La experiencia fue fenomenal.