PUEBLA DE LOS ÁNGELES

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MI AVENTURA EN LA CAPITAL DIVINA

Por Viko Lukaniko

Siempre es necesario salir de la Ciudad de México: por salud mental, para obtener un poco de paz espiritual.
El primer pretexto es suficiente para cargar una maleta apenas con lo necesario y salir de viaje. En esta ocasión mi salida era a Puebla, una ciudad que sólo conocía de rumores, por franjas celestes en campos de fútbol, por mitos sobre su reconocida cocina.
Los caminos a Puebla son senderos para ángeles. Una vez olvidado el asfalto y el cemento, entra la naturaleza, los pinos sobre los montes, el verdor, la calma. Cuando la prisa desiste su tortura, entonces uno sabe que olvidó la Ciudad de México.
No tenía una idea muy clara de qué hacer. Tenía a mi amante que conocí en Tinder y sabía que al menos un chile en nogada debía ser mío. De ahí en fuera, estaba dispuesto a la aventura. Lo mejor de viajar sin planes es que todo puede suceder: sin expectativas, normalmente los viajes superan todas las expectativas.
Así llegué virgen a la Ciudad de los Ángeles. Bajé de mi camión y busqué un taxi que me acercara al centro. De pronto el resplandor del sol comenzó a tomar una tonalidad más intensa. Sus rebotes eran un tango, un baile que jamás había visto. Miraba por la ventana del taxi, asombrado por la magia de las esquinas, de los edificios vestidos de talavera. Esto es lo que tanto se presumía, pensaba. Sin pensarlo dos veces, ordené al taxi virar hasta el Callejón de los Sapos; mi vida es finita y siempre trato de sacar jugo a los segundos que vivo.

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Foto: Víctor González

UN BESO AL PRÍNCIPE DE LOS SAPOS
Llegué al Callejón de los Sapos esperando todo, y lo que me encontré fueron las ruinas de un antiguo callejón popular. Platicando con un mesero, me compartió sobre los tiempos de bonanza que fueron literalmente devorados por la delincuencia. Estaba sentado en la cicatrices del callejón. Seguramente era el único turista con una cerveza en mano.
Me pareció triste: fuentes abandonadas, fachadas mudas. Para no caer en depresión, decidí apresurar la cita a ciegas.
Pedí tres cervezas más y mandé el mensaje. El mensaje fue enviado. Entonces llegaron una a una mis cervezas y permití que el alcohol relajara un poco más mis sentidos. Fue justo en ese momento que el mesero se atreve a sacarme de mi nirvana, y me ofrece unos chiles en nogada.
Hay veces que pienso que las cosas se aparecen justo en el momento preciso, tal como si lo esperaran, como si uno fuera el dedo que jala el gatillo, y que sin uno en el lugar y el momento indicado, el suceso jamás sucede. Esa misma loca idea pensé en el momento en que el mesero me ofreció, como a todos los comensales, unos chiles en nogada.
Tal vez me mintió, pero en ese momento dijo que eran los últimos de la temporada. La presión creció dentro de mí. ¿Me estará engañado? ¿Acaso ya me identificó como un turista iluso sin proyectos a futuro? ¿Será verdad? ¿Y si mañana muero? ¿Cuál es el objetivo de la vida?
– Si, tráigalo.
Intentar describir mi placer está prohibido; los chiles en nogada son un verdadero platillo para ángeles, querubines
y arcángeles. Lo que sí puedo decirles es que fueron grandiosos, exquisitos, poderosos. Así, con ellos como símbolo inequívoco de la serendipia poblana, mi vida dio un giro de 180 grados.
Ella llegó. Se paró frente a mí y era tan hermosa como las fotografías de Tinder. Se sentó frente a mí y ordenó una cerveza. Yo otra. Ella otra. Reímos. Ella era poblana hasta la médula, y me contó todo sobre la capital, sobre la vida, el amor.
Entonces me dijo que tenía que acompañarla a un pequeño recinto donde jóvenes de la tercera edad, tomaban el piano, el café, y cantaban melodías de la vieja guardia. Un lugar así lo tenía que conocer. El lugar era Celia Café. Antes de entrar, ella me besó.

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Foto: Víctor González

SANTUARIO DE LA TALAVERA
Celia´s Café no solamente es Celia´s Café, es también un museo/galería tienda de talavera. Platos, teteras, tazas, figuras. Todo resplandecía ante mi vista. Jamás había tenido tan cerca las obras de talavera, y ahí comprendí su valor artístico. Pasamos una primera recámara. En la segunda escuché la voz de Agustín Lara. Fue en la tercera recamara donde se encontraban los jóvenes de la tercera edad.
En la esquina, un señor de edad perfectamente peinado, vestía traje sastre, zapatos boleados y tomaba café. Su semblante me recordaba a José Saramago. Avanzada la tertulia se lo confesé. A su derecha un hombre con algo de peso. Tomaba café y a su lado había un maletín; era una flauta. Frente a ellas dos señoras, seguramente grupis, o amigas de toda la vida.

Ella y yo tomamos una mesa y nos sirvieron. Pronto Saramago tomó el piano y el segundo hombre la hacía de segunda voz. Ellas aplaudían. Ella y yo nos mirábamos, yo estupefacto ante su belleza y el momento; ella risueña de mi cara. De pronto y sin pensarlo, pensé en aprovechar el momento para entrevistar a los culpables de tan maravilloso recinto. Dos llamadas y aceptaron. Qué iba yo a saber que estaba en el restaurante de los mejores y más talentosos artesanos de talavera en Puebla: los responsables de Talavera Celia.

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Foto: Víctor González

ALÁ Y LA CHINA POBLANA
A la mañana siguiente me recibió el Dr. Germán Gutiérrez. Platicamos tanto que las horas morían frente a nosotros. Me explicó que la técnica de la talavera proviene del imperio islámico, quienes lo abandonaron para que los españoles hicieran buen uso de él, quienes a su vez encontraron en la Puebla de la época de la Colonia, el mejor lugar para continuar con este bello arte.

De igual manera me detalló su proceso de fabricación. Que su anatomía consiste en dos barros: el negro y el rojo. Cada uno requiere su proceso de cocción, y gracias a ello le ofrecerán a la pieza características particulares. En la primera cocción se concentra en el barro, donde el óxido de plomo y el estaño regalan a la pieza su capacidad impermeable; en la segunda se obtiene el carácter vidriado. Para los colores, se depende del óxido de cobalto, de donde emana el típico azul de la talavera, al igual que el amarillo, anaranjado, negro y verde.

La talavera se volvió pronto una parte crucial en la vida del Dr. Germán; la entendió tal perfección que comenzaron los experimentos inspirados en la creatividad. Así, Talavera Celia se convirtió en el primer taller certificado en confeccionar estatuas de talavera.
Sus obras maestras están resguardadas en el Museo Interactivo de Casa Talavera Celia, un espacio que educa a todo quien busco, todo sobre este hermoso arte. Ahí uno comprende la obsesión que caracteriza solamente a los artistas. Figuras de Marcel Marceou, 16 mulecos de bultos de la casa de los muñecos, esculturas de arte religioso, chinacos populares y su obra magna: una china poblana de 2 metros de altura.

En total, el Museo Interactivo de la Casa Talavera Celia guarda 650 piezas, 69 de ellas esculturas únicas de talavera. El Dr. Germán aún tiene varias ideas bajo la magna. La principal, iniciar una pequeña escuela para enseñar a todo quien busque conocer el estilo de este arte. Su interés es tan noble que me sorprende; lo que busca es la seguridad que la talavera seguirá su carrera en las nuevas generaciones, y que no existía conocimiento que él no compartiera.
Al final, el sol fue alejándose y comprendí que mi historia llegaba a su fin. Fue difícil despedirme del amor, de la amistad, del arte, de la buena vida. Pero bueno, bien dicen que lo bueno no dura para siempre. Así. Emprendí mi viaje de regreso con una epifanía comprendida: yo estuve en Puebla, tierra de ángeles.

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Foto: Víctor González

Celia´s Café
Dónde: 5 Oriente No. 606, Col. Centro
Histórico, Puebla
www.talaveracelia.com